EL CERDITO CON GAFAS

Nuevo Cuento Corto para niños/as, creado por: Carlos Cebrián González

Había una vez una familia de granjeros cuyo hijo Toñín a sus diez años llevaba gafas. Eran muy felices cuidando a sus cerdos a los que criaban con mucho mimo, para que engordasen y les dieran unos ricos jamones y embutidos que vendía Teo, el carnicero del pueblo, y que estaban ¡riquísimos!

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Pero cuando la mamá cerda cuidaba a los cerditos recién nacidos, se dio cuenta de que uno de ellos, Dito, el más sonrosado y hermoso, se encontraba muy triste ¿Qué le pasaba para que no jugase con sus hermanos y para que no fuera tan travieso como ellos?

Toñín que les daba cada día su comida, también se dio cuenta de la tristeza de Dito, que permanecía acurrucado en un rincón y que solo se movía de su lecho de paja para buscar su comida y eso siempre lo hacía con mucha lentitud, tropezándose a veces con las columnas de la pocilga, o con los bebederos de los cerdos.

El niño se esforzaba por jugar con Dito, como solía hacer con el resto de los cerdos, pero él le huía y no agradecía siquiera esas manzanas que le llevaba, para que disfrutara de alguna alegría en sus días siempre tristes. Pero ¿Qué podía hacer para hacer feliz a su cerdito preferido?

Lo que le sucedía a Dito, era simplemente que no veía bien y confundía las cosas que peercibía muy borrosas y así no podía disfrutar de los colores de las rosas, del verde de la hierba en primavera, del azul del cielo o de ese amarillo-oro de los rayos del sol. Por esa razón, Dito, pasaba el tiempo aislado del resto de sus hermanitos y hasta de su madre, que ya había perdido la esperanza de que algún día fuera un cerdito simpático y feliz.

Cada día y durante varios meses, Toñín le llevaba también a la pocilga a Dito un juguete, una pelota, y hasta sus soldaditos de plomo, pero él le ponía cara de tristeza, y de sus ojillos brotaban unas lágrimas, que entristecían a su dueño, que no sabía como alegrarle.

Una noche mientras la familia de los granjeros dormía, Dito se atrevió a dirigirse a la casa. Como la puerta estaba entreabierta se metió en el patio. Poco a poco fue ascendiendo los escalones y como veía muy mal, en lo alto de la escalera dudó de cual era la habitación de Toñín, al que tenía un gran cariño porque siempre se había preocupado al verlo triste.

Primero se metió en una habitación y oyó unos ronquidos muy fuertes y tropezó con una especie de palo, curvado por su empuñadura… ¡Era el bastón del abuelo de Toñín! Salió deprisa de esa habitación pues si el anciano se despertaba y se lo encontraba, le daría muchos golpes con su gayata, ya que tenía muy mal genio.

Vio otra puerta que empujó con cuidado y olió unas botas que había al pie de una cama… “¡Olían a queso podrido!”—pensó y se dio cuenta de que estaba en la habitación de los padres de Toñín.
Por fin encontró la habitación del niño. Más tranquilo y confiado se puso de pie, apoyando las pezuñas delanteras en la cama y sin poder evitarlo, con su hocico húmedo le dio un beso en la cara, mientras su amigo dormía plácidamente. De repente buscó en su mesita de noche y encontró lo que buscaba… ¡Las gafas de Toñín!

Con cuidado para no romperlas se puso las gafas sobre su hocico y entonces ¡Comenzó a ver muy bien!

Era fantástico poder ver, aún en penumbra, los muebles de la habitación infantil, la cara de felicidad que tenía Toñín y su sonrisa, mientras dormía.

Entonces con cuidado, para no despertar al granjero ni a su familia, salió al pasillo, bajó los escalones muy despacio, procurando no hacer ruido. Luego empujó la puerta de la calle y salió al exterior.

La luna brillaba como un enorme queso de plata, iluminando la noche, con una luz que le pareció preciosa. Fue hasta la pocilga y al meterse en la misma, contempló a sus hermanos y a su madre durmiendo ¡Qué bonita era mamá cerda y que rosados los cerditos!
Iba con sus gafas mirando todo con curiosidad y al salir el sol se fue de la pocilga y se escapó contemplando los campos próximos a la granja con admiración, pues era el primer amanecer que veía bien.

Se sorprendió al ver los colores de los árboles y de las plantas, de las montañas lejanas, del cielo azul, sin una nube.

Al volver, mamá cerda y sus hermanitos se quedaron asombrados al verlo con unas gafas, iguales a las de su Toñín. Pero poco después se escucharon gritos, las voces del granjero, del abuelo y de la mamá del niño, que buscaban las gafas que había perdido.

Dito, por un momento pensó en que se iba a guardar las gafas y que iba a esconderlas, para sacarlas cuando todos durmieran y así podría ver la vida, con claridad, disfrutando de los colores, como cualquier cerdito feliz. Así ya no volvería a estar triste.
Poco después oyó unos pasos inconfundibles. Era Toñín que entraba en la pocilga y tropezaba en las columnas, como le pasaba a él cuando iba sin gafas.

No se lo pensó dos veces, se acercó hasta el niño, lo miró con las gafas puestas, que Toñín, aunque veía borroso, se dio cuenta que eran las suyas, las que él y toda su familia estaban buscando.

Las cogió, se las puso, y entonces se dio cuenta de que la tristeza de Dito, la causaba su falta de vista y además el pobrecito no tenía unas gafas para ver bien. Él ya sabía que el mundo borroso es mucho más feo, que cuando uno tiene la suerte de ver los colores.

Como sus padres no tenían mucho dinero, cuando salía del colegio, en los días sucesivos, se encargaba de llevar los pedidos de Teo, el carnicero, a las casas de su pueblo, subido en su bicicleta, con lo que ganaba unas monedas por su trabajo. Además se encargó de sacar a pasear apoyada en su brazo, a Rosa, una anciana muy cariñosa, que le daba otras monedas que él ahorraba.

Cuando tuvo el dinero suficiente, cogió a su cerdito, lo llevó a una óptica y le encargó unas gafas, que le puso sobre el hocico, atadas las varillas con una cuerda, para que no las perdiera, ante el asombro de la dependienta.

Los papás y el abuelo de Toñín le felicitaron por su buen corazón y le permitieron que convirtiese a Dito en su mascota y Rosa, que era una bruja buena, al ver lo que el niño y su cerdito se querían, con unos polvos mágicos hizo que Dito fuera siempre chiquitín y rosado.

Desde ese momento Toñín y Dito fueron durante muchos años algo más que dos buenos amigos.

FIN

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10 pensamientos en “EL CERDITO CON GAFAS

  1. Juan Moreno Bursonets

    Me llamo Juan Moreno y soy padre de cuatro hijos de corta edad. Me encanta a los más pequeños leerles cuentos a la hora de acostarlos y antes de que se duerman, como hacen muchos padres.
    Este cuento de Carlos Cebrián me parece una maravilla, porque el “Cerdito con gafas” rebosa ternura, cariño, amor a los animales y les da a los niños un buen ejemplo.
    Enhorabuena al autor y a esta web por publicarlo

    Responder
    1. Cuentos Infantiles

      Muchas gracias Juan Moreno por dejarnos tu opinión, nos alegra muchísimo que te haya gustado el cuento. Esperamos que lo compartas con tus amigos.

  2. elena muñoz

    me gusta estos cuento pero me gustaria que esten en mayusculas de imprenta asi mi hijo que comezo hace poco pueda leerlo

    Responder
  3. Antonio Gómez

    Este cuento se lo he leído a mis hijos de 9 y 7 años y el cerdito con gafas les ha encantado.El autor demuestra sensibilidad y conocimiento de los niños.este cuento de Carlos Cebrián potencia la ingenuidad,la bondad y los sentimientos.enhorabuena por contar cuentos así a través de internet y gratuitamente.Les ánimo a seguir con su magnífica web

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  4. alma rosa

    mi niño comienza a leer y me gustaria q m recomendaran cuentos cortos para q le toma interes a la lectura gracias espero su respuesta

    Responder
    1. Cuentos Infantiles Cortos Autor

      Hola!

      Nos parece estupendo que intentes inculcar a tu hijo desde un principio la lectura. En nuestra página web encontrarás cada día un cuento nuevo con el que podrás disfrutar leyéndoselo y además enseñarle los valores de cada uno de ellos. Además, no son largos y podrás contarle una historia distinta cada día.

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