LAS GENUFLEXIONES DEL GALLO VELOZ – CAPÍTULO III

CAPÍTULO III

Este cambio de actitud en el comportamiento de su pueblo no gustaba nada a los reyes. Se estaba incumpliendo la ley dictada por sus antepasados. Si algo les caracterizaba como pueblo era su actitud triste y melancólica ante la vida. Cualquier cambio en este sentido podía suponer una pérdida de identidad como nación, llegando incluso a provocar la propia desaparición del estado. Por otra parte, tenían una gran curiosidad por conocer al nuevo huésped y éste, no sólo no se había presentado voluntariamente, sino que había rechazado de forma reiterada las sucesivas invitaciones para asistir a Palacio; bien es verdad que siempre ponía buenas excusas con objeto de no agraviar a los monarcas.

Llegó el día en el que no pudo negarse más, viéndose obligado por todos a acudir a la llamada de los reyes.

No te preocupes, todo irá bien -. Le decían.

Si es que vosotros no sabéis… -. Decía “Gallo Veloz”.

Antes de entrar en el salón del trono, Pániker le dio las oportunas instrucciones.

Cuando te anuncien, entras. Una vez estés delante de sus majestades, haces una ligera genuflexión, inclinando un poco la cabeza y esperas a que te digan que puedes hablar.

Y así empezó todo. “Gallo Veloz” entró en el salón del trono, intentó hacer una genuflexión y…

Ante el espanto de todos, en vez de hacer la reverencia de rigor, se sentó en el suelo.

Que osadía, que falta de respeto, sentarse delante del trono.

   El rey se puso en pie. Echaba humo por la cabeza. Con un gran gesto de ira y una voz fuerte y firme ordenó a sus soldados que apresaran al gallo y le llevaran a las mazmorras, donde esperaría para ser juzgado. Todos sabían que la condena iba a ser muy grave; seguramente le condenarían a ser decapitado.

Majestades, – dijo “Gallo Veloz” – tened en cuenta que soy un gallo y los gallos tenemos colocadas las rodillas al revés que los humanos. Por tanto, por mucho que quiera hacer una genuflexión o reverencia, no puedo. Mis patas se doblan al revés y sólo consigo quedarme sentado. Perdonadme. Yo quiero ser feliz y vivir en vuestro pueblo. Os lo ruego, entended mi fallo.

¡No!, – Dijo el rey – No puedo tolerarlo. Aquí se hace lo que yo mando, no puedo tolerar indisciplinas. ¡Que le corten la cabeza!

En menos de un segundo “Gallo Veloz” dio un beso de despedida a todos los que estaban en la sala, aproximadamente unas cien personas. Antes de que pudieran darse cuenta de lo que sucedía se situó detrás de los tronos del rey y la reina picoteándoles la coronilla hasta dejársela sin pelo y desapareció.

No volvieron a verle. A partir de entonces Tristburgo volvió a ser un país triste y melancólico. Pero por las noches, cuando la guardia real no podía verles, cobijados los ciudadanos en sus casas, conversaban las familias y los amigos en voz baja, recordando aquellos días en los que fueron felices. La leyenda del “Gallo Veloz” quedó de forma permanente en sus corazones y en el imaginario de sus descendientes.

FIN

Cuento infantil escrito por: Eduardo R. Ayllón.

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