CAPÍTULO II – LAS GENUFLEXIONES DEL GALLO VELOZ

Pasaron los días y “Gallo Veloz” fue adquiriendo mayor popularidad. Le admiraban y le querían sinceramente. No había casa que no hubiese visitado. Participaba en todas las tertulias interesantes, visitaba a los ciudadanos enfermos y con problemas, colaboraba con el servicio de correos en el envío de mensajes urgentes. En fin, no paraba, iba de un sitio a otro sin darse tregua.

Llegó un momento en el que casi no podía dar abasto a todas las necesidades de la comunidad. A pesar de su gran velocidad de desplazamiento apenas tenía tiempo para llegar a todos los lugares desde donde se le requería. Aunque no descansaba, acudía contento y presuroso a cualquier lugar.

Se podía decir que Tristburgo era ahora un país feliz. Estaban orgullosos de su “Gallo Veloz”, llegando su fama a los confines de la tierra.

No era sólo un gallo amable y servicial, tenía además otra serie de cualidades que le hacían agradable aunque a veces también resultaba un poco pesado. Uno de sus mayores placeres era gastar bromas.

Cierto día se creó una gran inquietud por la presencia de fantasmas en diversos lugares. Muchas personas, mientras estaban ocupadas en sus quehaceres o simplemente descansando, fueron golpeadas ligeramente en el hombro; al volverse para ver quien les estaba llamando veían que no era nadie. Este acontecimiento se repitió muchas veces. Confusos y sin saber que hacer, decidieron consultar con el sabio Pániker.

No tengo ni idea de lo que puede estar pasando, pero se me ocurre que quizás podríamos hablar con “Gallo Veloz” para que nos ayude a resolver el enigma.

Dicho y hecho, una delegación encabezada por Pániker fue a hacer la consulta. “Gallo Veloz” se puso colorado como un tomate sin saber al principio qué responder.

Después de permanecer un rato en silencio dijo:

El asunto parece serio, dejadme un tiempo para pensar.

Antes de salir todos hizo una seña a Pániker para que se quedara a solas con él. Cuando se fueron dijo:

Querido amigo, te tengo que confesar una cosa. Hay algo superior a mis fuerzas, algo que no puedo superar por más que lo intento; no puedo evitar gastar bromas y me temo que todo este asunto no es más que eso.

¿A qué te refieres? – Dijo Pániker con extrañeza -.

Soy yo el que da los golpecitos en la espalda – dijo “Gallo Veloz” -. Me hace mucha gracia ver la cara de susto que ponen, no lo puedo evitar.

Pero ¿cómo consigues, en cuestión de un segundo, picotear a más de cien personas en lugares tan separados? ¿Cómo consigues ser tan rápido?

Soy muy rápido. No me preguntes por qué.

Pániker era un hombre sabio pero no sabía guardar secretos. Al cabo de una hora estuvo en conocimiento de todos quién era el responsable de los repiqueteos en la espalda, pero en vez de enfadarse este hecho les hizo mucha gracias y se rieron a carcajadas con la extraña ocurrencia del gallo. A partir de entonces, cada vez que ocurría algo extraño, si querían saber quien era el responsable no tenían más que preguntárselo a “Gallo Veloz”. Si se ponía colorado como un tomate, sabían que había sido él.

Hubo un momento en el que gastaba las bromas tan seguidas que no tuvieron más remedio que llamarle la atención.

“Gallo Veloz”, eres muy gracioso y simpático, pero te estás pasando un poco.

Continuará…

Cuento para niños escrito por: Eduardo R. Ayllón.

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