PIWICHO Y LOS PIWICHOS

Cuento Infantil para niños/as; escrito por: Isella Carrera Lamadrid

El día soleado se iluminó más cuando encontramos a Piwicho trepado en la rendija de la ventana. Como era de día y aún se veía la luna, mis hermanos y yo imaginamos que Piwicho se había colgado desde la luna para bajar a la casa, de no ser así, Piwicho seguramente había

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descendido desde algún tronco infinito e invisible cruzando todas las nubes desde la selva.

Entramos con el lorito a casa y éste deslizó sus patitas hacia el librero de mimbre, al que trepó hasta llegar a lo más alto.

– Lo llamaremos Piwicho, – me dijo mi hermano Carlitos, quien era el más emocionado.

Pasaron los días y con ayuda de nuestra madre, Carlitos, Ricardo y yo construimos una casita de cartón para Piwicho y la colocamos en la parte más alta del librero, su lugar favorito, para que Piwicho viviera allí.

Lo cierto era que Piwicho no pertenecía a esta ciudad de arena, él era un lorito de la selva. No nos explicábamos cómo había llegado al desierto, por eso temíamos que Piwicho se fuera algún día; sobre todo cuando las nubes copaban el cielo y pudiera ocurrir que cruzara el cielo nuevamente para regresar.

Todo iba de maravillas, Piwicho era la mejor mascota de todas, jugaba con nosotros; su plumaje verde y sus hermosas alas de bordes amarillos alegraban cada uno de nuestros días.

Un día llegó una nueva mascota a nuestra casa, una gatita llamada Yumbilla. Ese día vinieron a dejar la gatita a nuestra madre, Ricardo escuchó:

– No te preocupes, la gata no se comerá al lorito, quédate con ella, no tengo dónde dejarla.

Enseguida Ricardo nos avisó lo que iba a suceder. Como Piwicho siempre había estado suelto por la casa, subiendo y bajando del librero, temíamos que la gatita se lo comiera, por eso desde ese día mi madre puso a Piwicho en una jaula.

Ya no era lo mismo en casa, Piwicho se sentía triste, comía poco y apenas cantaba. A veces veíamos de lejos cómo Yumbilla acechaba la jaula de Piwicho y eso hacía que él siempre estuviera asustado.

– No podemos dejarlo en la jaula, ¿qué haremos con él? – me preguntó Carlitos mientras acariciaba la cabecita de Piwicho.

Como yo era la hermana mayor, mis hermanitos pensaban que siempre podía solucionarlo todo.

– Busquémosle un lugar, – les dije, mientras tomaba delicadamente a Piwicho y observaba en sus ojitos el amor que nos tenía.

Al día siguiente, antes de salir hacia el colegio, Carlitos puso agua y alpiste en la jaula de Piwicho, como de costumbre, pero sin querer, dejó la jaula abierta. Fue entonces que Yumbilla aprovechó y en nuestra ausencia se le acercó.

– Siempre los niños te dan más atención, no me agradas, ni siquiera quiero comerte. – le dijo mientras le mostraba sus garras.

Entonces Piwicho asomó el pico y salió de la jaula para irse trepando hacia el librero, desde donde le dijo:

– Si quieres podemos ser amigos, poco a poco los niños también te querrán si ven que no me haces daño.

Cuando los niños regresaron y vieron que Piwicho no estaba en la jaula, pensaron lo peor. Yumbilla se acercó a los niños y les ronroneó.

– ¿Dónde está Piwicho? – dijo Carlitos, muy apenado.

– ¡Miau…! -dijo la gata mientras subía hasta el librero para demostrar dónde estaba Piwicho, pero al darse cuenta que lo único que hacían los niños era acariciar y pensar en el lorito, Yumbilla, muy molesta, ideó un plan para deshacerse de él, sin tener que comérselo.

A partir de ese día Piwicho empezó a vivir nuevamente en el librero, todo volvía a ser como antes, porque ahora confiábamos en que la gata no le haría daño. Yumbilla se reunió con sus amigos los gatos vecinos e ideó un plan para asustar a Piwicho.

Una tarde, antes que llegáramos del colegio, Yumbilla conversó con Piwicho.

– Piwicho, esta familia sólo te da de comer alpiste y maíz, si subes al techo verás cómo de los árboles caen unas frutas sabrosas que te van a gustar.

Piwicho prefirió no hacerle caso a Yumbilla, además le gustaba comer alpiste y maíz, no tenía quejas.

Yumbilla se enojó mucho más con Piwicho, y al día siguiente siguió intentando que subiera al techo.

– Piwicho, estos niños no han llegado de la escuela, ¿estarán bien?, porqué no te asomas al techo, quizá les pasó algo mientras jugaban en el parque, ya sabes que ellos son muy traviesos. –Le dijo la gata mientras se lamía las garras.

En ese momento Piwicho, que nos quería muchísimo, bajó rápidamente del librero y fue caminando por el piso hasta subirse en las ventanas y llegar al techo.
Ya estando sobre el techo empezó a caminar para observar si estábamos en el parque. Pero dos sombras gigantescas detuvieron su paso.

– ¡Así que estas molestando a nuestra amiga Yumbilla, periquito! – le dijo uno de los gatos.

Soy un loro y me llamo Piwicho. – Le contestó un poco asustado.

– Tu no perteneces a estos lugares, – le dijo el otro gato con una mirada atemorizante.

Piwicho estaba en aprietos, sin embargo, no quiso demostrarles su miedo.
Yumbilla, quien había estado observando a los gatos y a Piwicho desde el patio de la casa, se arrepintió de poner a Piwicho en apuros, después de todo, él no tenía la culpa de que lo quisiéramos y parecía ser un lorito amistoso. Subió al techo y les pidió a sus amigos los gatos que se fueran.

– Gracias Yumbilla! – Le dijo Piwicho muy contento por observar cómo lo defendía.

– Yumbilla, hace días que no comemos. Tu amiguito se ve muy apetitoso.

– ¡Si!, ha de saber muy exótico. – Dijo el otro gato mientras se pasaba la lengua por los bigotes.

Yumbilla aprovechó que los gatos se encontraban hambrientos y débiles y se acercó a Piwicho.

– ¡Súbete Piwicho!

Enseguida Piwicho saltó y juntos recorrierontodos los tejados del vecindario hasta lograr que los gatos les perdieran el rastro.

– ¿Tu querías que ellos me comieran? – le preguntó Piwicho, acongojado.

– Solo quería que ellos te asustaran, pero me arrepentí, no importa que los niños te quieran, además tú también los quieres, de otra manera no me hubieras hecho caso y aún seguirías sobre el librero de mimbre que tanto te gusta. – Le dijo Yumbilla.

Piwicho se sintió aliviado porque sabía que ese era el momento de partir, y ahora confiaba en que ella sería una buena mascota para nosotros. Así que le pidió a su nueva amiga, la gatita Yumbilla, que lo deje en los tejados más altos, para así poder ascender infinitamente hacia el cielo, desde donde le prometió que nos contemplaría todos los días, quizás mientras jugáramos en el parque o mientras observáramos por detrás de las rendijas de esa mágica ventana de la ciudad del desierto, que quedaba en nuestro hogar.

FIN

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2 pensamientos en “PIWICHO Y LOS PIWICHOS

    1. Cuentos Infantiles Autor

      Buenos días!! Gracias por visitar nuestra página web y por dejar tu comentario. Nos alegra mucho que te gusten los cuentos que publicamos 😉
      Puedes leer gratuitamente tantas veces como quieras los cuentos que diariamente publicamos: http://www.cuentosinfantilescortos.net/cuentos-cortos/

      Para guardarlos en tu ordenador puedes copiar y pegar en una hoja de word, ya que no tenemos la opción de descargarlos.

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