MANDARINA, LA SANDALIA ANDARINA

Cuento Infantil para niños, creado por: Ulica Tizaber

Había una vez en el bosque de los zapatos, una sandalia que no paraba de andar de un lado para otro. Siempre estaba caminando, daba igual hacia donde fuera, lo que importaba era que no parase.

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La sandalia estaba encantada con su trabajo, y cuando tenía que parar a descansar o dormir por la noche, se ponía nerviosa, ya que consideraba que así no hacía su verdadera labor de sandalia.

Un buen día, aburrida de tener que dormir y estar quieta a los pies de la cama de sus dueños, en mitad de la noche se escapó por la ventana entreabierta de la habitación. Su compañera de pie y hermana, Pimpina, le advirtió de los peligros de la noche, y de lo solas que se sentirían cuando a la mañana siguiente ninguna de las dos fuera con la otra.

A Mandarina pareció no importarle. Esa noche había una luz muy bonita, que provenía de la gran luna llena que brillaba en el firmamento, así que se lanzó al camino y comenzó a andar silbando una canción de su niñez:

– “Pequeño zapato no te derperdigues, si vas tu solito seguro que te pierdes”.

Mandarina estaba muy contenta, y no atendía a la letra de la canción de lo asustada que iba por el bosque. Después de unas horas andando sin parar, a lo lejos atisbó algo parecido a una cabaña. Se fue aproximando, y al llegar a la puerta llamó con la suela:

– “Toc, toc, toc”.

Parecía no haber nadie en su interior, así que Mandarina pensó que no le vendría mal descansar un poco antes de seguir con la marcha. Se adentró en la oscuridad de la cabaña y en el primer lugar que vio cómodo se tumbó, y al instante, se quedó dormida.

Unas vocecitas la despertaron de sus dulces sueños, una retahíla de diminutos ojos la miraban perplejos. Se asustó al ver a tantos ratones juntos, Mandarina sabía que uno de los hobbies favoritos de los ratones era meterse dentro de los zapatos y roerlos, así que enseguida se irguió y muy digna, dijo:

– “Hola pequeños roedores, quiero que sepáis que me he perdido y que estoy buscando a mi hermana Pimpina, ¿la habéis visto por aquí?”.

Al mismo tiempo que mentía, se iba alejando pasito a pasito de los ratones. Éstos se dieron cuenta de la estrategia de Mandarina, y la rodearon por todos los lados. Mandarina se puso a llorar, se sentía sola y echaba de menos a su hermana Pimpina.

Entonces, los ratones le preguntaron:

– “¿Porqué nos mientes Mandarina?, sabemos que saliste de casa porque querías conocer mundo, y que a pesar de que tu hermana te avisó para que no salieras, no le hiciste caso alguno”.

Mandarina arrepentida se deshizo de nuevo en lágrimas. Un ratón, el más viejo de todos, se le acercó y le dijo:

– “Pequeña sandalia, no te asustes. Nosotros no vamos a hacerte nada porque te conocemos desde que naciste, somos los ratones que vivimos debajo del suelo de tu habitación. Nos gustaría que volvieras con tu hermana, ella está muy preocupada”.

Mandarina no salía de su asombro, pero si había estado toda la noche andando, ¿cómo podía estar con unos ratones que decían que la conocían?. Entonces, vio acercarse a Pimpina con lágrimas en el empeine:

– “Mi querida hermana, ven que te abrace, aventurera”. – Le dijo Pimpina.

Mandarina y su hermana se unieron en un abrazo interminable, y juntas volvieron andando hacia los pies de la cama de sus dueños.

Mandarina comprendió que su afán de salir de allí era un sueño irreal. A pesar de haber estado toda la noche fuera de casa, apenas había avanzado unos centímetros. Desde entonces, Pimpina y ella fueron inseparables, y a pesar de no salir del lugar donde vivían, eran afortunadas de poder conocer el campo y los animales, y por supuesto, de tener un techo donde todas las noches dormir tranquilas y protegidas.

FIN

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