KYA Y EL CAÑON – 1ª Parte

Cuento infantil para niños/as, creado por: Rebeca Campos (México)

Kya corría veloz con sus delgadas, pero ágiles piernas oscuras entre los altos pastizales tostados por el sol. Sus grandes ojos cafés miraban hacia el cielo desnudo, mientras sus chinos rebeldes se movían hacía todos lados al compás que marcaba el viento travieso que, además, amortiguaba las indiscretas carcajadas que salían a borbotones de su garganta, con el tono único del alma pura y genuina de cualquier niña.

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Su frenética carrera se vio interrumpida por la repentina aparición de un cañón profundo, tan profundo, que cuando Kya se tiró al suelo árido para asomar su cabecita y preguntarle porqué se había atravesado tan maleducadamente en su camino, solo vio oscuridad.

Un poquito curiosa, se apoyó en su lanza para levantarse. Así, parada con los pies a la orilla del voladero, se dio cuenta de que no había visto lo que había del otro lado del cañón.

Al levantar la vista, lo primero que miró fue un par de ojos sorprendentemente azules en la cara de un niño blanco, que la observaba con un poco de temor. Cuando pudo desconectar la  intensa mirada, pudo ver que además, todo era diferente en el otro lado.

Mientras que encima de ella el cielo estaba limpio, de color azul intenso, claro, allá solo se veían nubes gigantescas, como de algodón, un tanto oscuras. El viento que hace un rato jugueteaba alegremente con el cabello de Kya, del otro lado demostraba su ferocidad levantando en remolino unos puntos blancos que se amontonaban en el suelo que el niño pisaba, dándole un extraño color al piso que debería ser marrón. Los árboles eran gigantes, y en comparación con los de su tierra que eran cafés con un poco de verde, ahí eran verdes con un poco de café. En la copa de ellos había más puntos blancos.

Kya se frotó los curiosos ojos con fuerza y parpadeó varias veces, porque por un momento la asaltó la sensación de estar soñando. Se preguntaba que clase de sueño sería aquél, donde miraba cosas tan fuera de lo común. Sobretodo, porque veía a un niño que no parecía de la misma especie que ella.

Ella solo alcanzaba a vislumbrarle el rostro y los dedos de las manos, pues el resto de su cuerpo estaba cubierto con unas pieles muy extrañas. Kya intentó imaginarse que animal tenía la piel así, con líneas raras que hacían figuras abultadas y cuadradas, iguales por todos lados. Además, no recordaba un ser que fuera del color del cielo o del agua del estanque donde se bañaba todos los días.

No podía imaginar una cosa así, que sirviera para aislar tanto del mundo a un humano.

Eso la contrariaba un poco. ¿Por qué se cubría? ¿Acaso le daba vergüenza su cuerpo? No podía creer que ella tuviera tanta imaginación como para ver una persona así, tan distinta a ella, que sólo llevaba encima las pieles necesarias para cuidar la pureza. O al menos eso decía su nana, porque si por Kya fuera, no llevaría nada. A ella le gustaba que entre la naturaleza y ella no hubiera barreras, que la comunicación fluyera libre a través de los poros de su morena piel.

Mientras miraba confusa el paisaje que tenía frente a ella, el viento llevó uno de los puntos blancos que había del otro lado, volando por encima del cañón en una corriente suave hasta llegar a su nariz. Al contacto con la pelusita blanca la nariz se le enfrió sin remedio y sorprendida, intentó quitársela de un manotazo, pero cuando su mano llegó a su cara la pelusita ya había desaparecido y en su lugar, había dejado una gotita de agua fría.

La niña, con la cara iluminada y con la sorpresa aún en los ojos, se puso a tararear feliz, dando vueltas sobre su mismo eje. ¡No era un sueño!

-¿Por qué cantas? –le preguntó el niño con voz temerosa. -¿Por qué te ríes?

Kya detuvo sus giros suavemente, entornando sus ojos para poder ver al niño que había demostrado que sabía hablar. Pero ahí había algo curioso. Kya se dio cuenta que él no le había hablado en el idioma de su tribu. Había hablado en uno totalmente nuevo, que sin embargo, entendía a la perfección. En el otro lado, el niño tenía cara de asombro, casi de temor.

-Así demuestro que soy feliz –dijo. -¿Acaso tú no lo eres?

Cuando terminó de hablar, Kya se tapó su boca con las dos manos, un tanto asustada. ¡También ella hablaba como el! Ahora entendía un poco el asombro que había visto en el rostro del muchachito. Ambos comprendían lo que el otro decía, a pesar de que ninguno había hablado así antes.

-¡Claro que lo soy! -le contestó el niño un poco irritado, y después se calló.

Kya lo miró con incredulidad. ¿Cómo alguien que huía de la tierra cubriéndose así podía ser feliz?

Entonces, se le ocurrió una gran idea y sonrió.

-Bueno –habló Kya-. Si lo que dices es cierto, cuéntame que es lo que más feliz te hace en el mundo.

Continuará………………….

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