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DIEGO Y LA CADENA DE ORO

Cuento Infantil para niños, creado por: Elvia Chang e Hizamar Quijano

Hace unos años, al sur de una ciudad pequeña llamada Esmeralda, vivía un niño llamado Diego. Él jugaba todas las tardes después de la escuela en un gran jardín; aunque siempre estaba solo, ya que su mamá había fallecido al nacer y su único recuerdo era una cadena de oro con su foto.

Su papá aún vivía, pero trabajaba mucho; sin embargo, tenía muchas cosas con que entretenerse, con su Go- kart, con su trampolín, o con sus video juegos, los cuales eran sus favoritos, podía pasarse horas con su Xbox, en torneos en línea. Además, con los empleados domésticos a su servicio, atendiéndolo las 24 horas del día, no necesitaba más.

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Con un grito demandaba la atención de una de sus empleadas:

– ¡Hey, doña Concha! ¡quiero un jugo y galletas!, ¡pero ya!.

Era muy grosero y descortés, todos los empleados le ponían caras, pues siempre los había tratado mal y no era para menos, si su padre era igual.

Una tarde después de sus clases, mientras esperaba fuera del colegio, se dio cuenta que el chofer se había olvidado de él, así que decidió caminar hasta su casa, total estaba cerca. Pero cuando iba caminando no le fue nada bien, lo mojó un coche, y más adelante se le pegó un chicle en el zapato, pero, mientras caminaba a un lado de la carretera, un señor de unos 55 años de edad, con ropas sucias y rotas, y con una gran barba lo miraba fijamente, hasta que estiro la mano y le dijo.

– Muchacho. – Llamándolo suavemente casi como un murmullo.

Sin embargo, Diego se giró con desprecio, y le dijo:

– ¡Ahora no, viejo sucio, no tengo dinero! ¡Lo último que me faltaba que esta gentuza me moleste!. –  Pensó. – Deberían ponerse a trabajar.

Y pateo su mochila que estaba en el suelo y siguió su camino refunfuñando.

Más adelante, cuando más inmerso estaba Diego en sus pensamientos, de pronto, al pasar junto a un portón blanco y oxidado, una sombra saltó a su costado. Sintió un jalón y se giró, era un perro negro enorme con grandes colmillos. Diego dio un grito que se escuchó en toda la cuadra, pero de un tirón se soltó y salió corriendo a toda prisa, con el corazón y la respiración acelerada hasta que paró en la esquina.

– Rayos que susto, estuvo cerca. – Comentó. – ¡Por poco me pilla ese perro!, debo poner más atención.

Sin embargo, cuando iba caminando a punto de llegar a su casa, paró en seco, algo no estaba bien, alzó la mano y se tocó el pecho.

– ¡No está, la he perdido!. – Exclamó Diego.

Su cadena, la que le había regalado su mamá con tanto cariño, su único recuerdo tangible de ella, no estaba. En algún momento lo perdió, y al instante recuerdos de un perro, los portones pasaron por su mente.

– ¡Ahí debe estar! – Exclamó.

Al llegar al mismo lugar de nuevo, buscó y buscó por todos lados, preguntó casa por casa, e incluso se atrevió a llamar en la casa del perro, donde un hombre grande, robusto y mal encarado, lo echó a gritos de su propiedad.

Pasaron las horas hasta que anocheció. Desesperado por no encontrar el único recuerdo que le había dejado su mamá, su cadena de oro, se echó a llorar y decidió volver a casa.

De repente, mientras caminaba, sintió un tirón en su pantalón y, al girarse hacia abajo, vio al mismo hombre sucio y andrajoso de la tarde. Y se limitó a contestarle:

– ¿Que quiere viejo?, ya le dije hace rato, no tengo dinero y no estoy de humor.

El hombre solo lo miró fijamente, extendió el brazo, abrió su mano y en su palma brillaba un objeto. ¡Era su cadena!. Diego la cogió de inmediato y se echó a llorar, pero de felicidad.

– ¡Gracias señor, gracias! Disculpe los malos modos con que lo trate todo este tiempo, solo quiso ayudarme y no me percaté.

Lo abrazó sin importarle el olor o las apariencias.

Inmediatamente se dirigió a su casa, al llegar su padre lo abrazó, pues era tarde y estaba muy preocupado. Todos lo habían estado buscando, pero mientras lo abrazaba le dijo:

– Oye, hueles mal, ¿dónde te metiste?. Vete a dar un baño.
– ¡Doña Concha! – gritó
– Preparé el baño de Diego, ¡pero ya! – ordenó.

Diego al ver esto se dirigió a la empleada y le sonrió, ella se sorprendió al ver esta actitud.

– Sí señora, por favor, le agradecería un baño y una de esas cenas tan ricas que me hace antes de dormir. Por cierto, gracias por todos sus servicios y por cuidarme.

La señora le sonrió y solo le dijo:
– De nada mi niño, te prepararé tu platillo favorito, vamos por tu ropa.

FIN

– Moraleja del cuento: Nunca subestimes, ni trates mal a las personas, por muy diferentes que sean a ti, todos merecen respeto. El mundo da muchas vueltas y algún día puedes necesitar ayuda de quien menos te lo esperas.

– Valores del cuento:
Respeto. Honestidad. Empatía. Respeto. Cordialidad. Amor. Gratitud.

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  • Redacción
  • Historia
  • Enseña Valores
  • Educativo

Resumen

Cuento Infantil de un niño mal educado. Un día perdió su cadena de oro, que era un recuerdo de su madre, la forma de recuperarla le hizo ser más humilde.

2.8
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