COLONIA – 2ª Parte

Cuento Infantil para niños, creado por: Paco Lara

Varias horas después ya habíamos decidimos ir de caza en busca de comida, así que empezamos a ver restaurantes, no había mucho que pensar, el más barato era el mejor. No caminamos mucho hasta que vimos uno con buena apariencia, pero cero clientes, un tipo flaco con cara de

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enfermo barría debajo de las mesas muy despacio, las paredes estaban sucias y habían algunas moscas.

– Ese se ve barato, – dijimos casi al mismo tiempo.

Nos sentamos y ahí pedimos. La comida era abundante, mucha mayonesa, mucha carne grasienta, pero el precio era justo. Cuando terminamos me costaba pararme por todo lo que había comido, igual empezamos a caminar, recorrer, pasear o algo así. Había escuchado que la ciudad era muy bonita, para enamorarse y todo eso, pero la primera impresión que tuve es que era aburrida y la última impresión no cambió mucho, pero no por eso era un mal viaje.

Isidoro andaba por ahí, en algún lugar. Al rato ella sacó su cámara y empezó todo fotos, fotos, fotos, fotos… y más fotos. Yo estaba algo mareado, la comida no me sentó bien, me senté en una piedra y apreté mis ojos con mis manos,me resigné.

– ¿Me haces una foto en aquella calle? – me dijo.
– ¿Quieres que te acompañe?
– Solo quiero que me hagas una foto, por favor.

Yo me cansé y la acompañe y le hice una foto, luego otra, y después otras 500 fotos más.
La tarde se iba y podías notar como se deslizaba el sol detrás del mar, ocultándose como lo hace un niño avergonzado detrás de su madre. Decidimos ir a la playa para ver todo aquel aparataje en primera fila, así que empezamos a caminar otra vez. La playa estaba solitaria, había muchos mosquitos, ella descubrió que cerca del agua había menos mosquitos y nos sentamos muy cerca del mar. Poco después se acercó un perro y sin hacer ruido se acostó a nuestro lado. Yo ya había cogido animos.

El perro me miró, estaba cansado y temblaba de frío, le hice ver que todo estaba bien, que solo quería hacerle una foto rápida y nada más. Él me hizo una seña de que estaba de acuerdo, pero mirando al piso de forma melancólica y con su voz cansada me dijo que lo hiciera rápido porque a él también le traían malos recuerdos las fotos, recuerdo de una perrita que una vez amó y ya no podía olvidar…

El sol se fue ocultando lenta y aburridamente hasta desaparecer detrás del mar, los mosquitos empezaron a picar más fuerte y ya era hora de partir, el perro se había ido hacía mucho, yo me alejé de ella esperando que él se acercara otra vez, pero no vino, entonces nos fuimos de la playa.

Caminamos directo y subimos al hotel, al llegar a la habitación me metí en la ducha y descubrí el agua caliente, empecé a bañarme y no quería salir. Ella me preparó un vaso de leche y me lo pasó por la puerta del baño, yo seguía bañándome y tomando mi leche. En pocos minutos estaba cantando como loco en la ducha, creo que desperté a todos, pero ella no dijo nada. Me tiré en la cama y me dormí, mientras pensaba en lo raro que era la situación. Me desperté un poco antes del amanecer, la miré, roncaba con cierta ternura extraña que no serviría de nada describir, le puse una mano en el hombro para preguntarle la hora, abrió lentamente sus ojos grandes y redondos, me miró como si tuviera un sueño de otro universo. Después sus ojos empezaron a cerrarse muy despacio, le besé la frente y quedó dormida.

A la mañana siguiente bajamos al desayuno del hotel, yo esperaba huevos revueltos, quesadilla, jamón, salchichas, panqueque, puré de papa, mermelada, frutas, pasteles, once clases de pan y diecisiete mermeladas. Al bajar encontramos pan dulce, café y algunas otras cosas tiradas en una bandeja. Comimos lo que pudimos, al terminar nos paramos y miré hacia afuera, al otro lado de la calle y lo vi.

– Voy a subir a bañarme. – Dijo ella.
– Yo salgo al parque, – le dije… y me miró con rareza
– ¿Nos reunimos abajo?
– No, no, voy al parque y luego subo…espérame.

La convencí de que todo estaba bien y salí, cuando crucé la calle él había desaparecido, empecé a caminar en el parque pero no lo vi, entonces me senté debajo de un árbol y apareció.

– Tanto tiempo…
Sí, mucho tiempo ha pasado
– ¿Dónde has estado?
– Eso no importa
– ¿Vas a volver algún día?
– Para qué… mírate, la infancia terminó
– Pudo haber sido algo.
– Sí, pero no lo fue y ya no importa y ahora te tienes ir.

Se alejó secándose la cara, subió al hotel donde ella apenas lo esperaba.

Salieron a caminar, el día estaba tibio y el cielo estaba claro; y el sol todavía seguía brillando. Bajaron al muelle, él estaba lejos, ella tomaba fotos. Llegaron al faro, él se sentó y clavó su mirada en un pescador que estaba lejos.

– Mira está playa en el mapa -dijo ella – no está lejos, podríamos ir.
– Alquilemos bicicletas
– Sí, sí, bicicletas…

Nos pusimos unos cascos y empezamos a pedalear hacia la playa, como la ciudad desaparecía y muy rápido quedamos en un camino despoblado y sin casas. Seguimos pedaleando y llegamos a una playa solitaria, tiramos las bici y nos sentamos a descansar. La playa estaba muy callada, como si algo hubiera pasado, una tragedia justo antes de que llegáramos. No había perros y el mar no hacia olas. Nos quedamos un rato sentados, mirando el mar y entonces me habló de ella, de cómo trepaba árboles de niña, de cómo ella y sus primos se subieron a un árbol y muchas más cosas. Yo la miré a los ojos tratando de encontrar eso que uno busca cuando mira debajo del agua.

Nos quedamos un rato en silencio. Después ella se quitó los zapatos sin que yo la viera se fue a la playa, yo cogí la cámara y comencé a hacerle fotos de lejos, fotos y más fotos mientras ella empezaba a desaparecer. Revisé las fotos que había en la cámara, habían mil fotos para recordar cada cosa, fotos con perros, con calles, con playas, barcos, faros, carteles, niños, calles con árboles, sus zapatos en el muelle, las piedras en el mar, eran sus fotos y yo no estaba en ninguna, como si el imaginario hubiese sido yo.

FIN

Si quieres leer la primer parte de este cuento, entra aquí

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