CUENTO DE LOS CARACOLES Y LA TORTUGA VAGABUNDA

Bonito Cuento Infantil para niños, creado por: Fernando Mansilla

Dadá salía todas las tardes al jardín de su casa, en el que había, un peral, un manzano, un ciruelo y un castaño pero él prefería sentarse a la sombra de la parra que sembró su abuelo hacía veinte años y que en aquella estación del año estaba repleta de racimos de uva. Allí aguardaba a que sus amigos caracoles viniesen para recibir su comida. A veces en verano hacía volar su cometa y se imaginaba sobrevolando la ciudad como en una alfombra mágica.

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Aquella tarde de otoño era muy calurosa. El sol brillaba en un cielo azul sin nubes, sin saber por qué presintió que no sería como todas las tardes de otoño, él esperó con una paciencia digna del santo Job y los caracoles no acudían. Ya cuando anochecía y en el firmamento resplandecían las estrellas con su centelleo y él se iba a retirar a su dormitorio cabizbajo y con el corazón lleno de una tristeza que se reflejaba en su cara y en sus ojos, aparecieron dos caracoles que caminaban mucho más despacio de lo que los caracoles acostumbran. Algunos gemidos acompañaban su lento caminar.

Dadá preguntó inquieto:

– ¿Qué os pasa amigos? Me tenéis toda la tarde esperando y muy preocupado. El caracol más grande y más viejo de la familia respondió con una voz ronca y entrecortada:

– Dadá, amigo mío. Necesitamos tu ayuda.

– ¿Qué os pasa? Responded, increpó Dadá un poco asustado.

– Amigo Dadá, anoche vino a nuestro jardín una tortuga vagabunda y nosotros la recibimos cordial calurosamente. Le dimos agua y comida. Ella, que se sentía en la más completa soledad y que tenía unos ojos tristes, nos entretuvo toda la noche contándonos sus aventuras y sus viajes por todos los jardines del mundo, de Paris, de Viena… Tres de mis nietos se quedaron anoche con ella absortos con sus historias y cuando nos levantamos esta mañana no estaba ninguno. Buscamos en todas partes, en las fuentes, detrás de los árboles y no encontramos a nadie. Se habían marchado. Dadá se quedó pensativo, no sabía qué hacer… De pronto, se le ocurrió una idea:

– Preguntaremos al jardinero. Y sin perder un minuto se acercaron al jardín, allí encontraron al jardinero haciendo injertos en un rosal.

– Señor jardinero, ¿ha visto Vd. a una tortuga vagabunda y a tres caracoles?

– Sí, amigo Dadá, dijo el jardinero poniéndose de pie. Esta mañana temprano salieron de tu jardín y se dirigieron al puerto. Iban muy contentos, hablando de petroleros, de barcos de vela, y de barcos de piratas.

– Gracias señor jardinero, dijo Dadá. Y corriendo él y sus amigos caracoles se dirigieron al puerto. Allí no había casi nadie, solo algún pescador arreglaba su red y otros descargaban cajas de sus barcas. Preguntaron a todos pero ninguno había visto a la tortuga vagabunda y a los caracoles.

Al final del puerto, vieron a un viejo con una barba muy blanca y con unas grandes botas de goma que cosía su red de pesar y a él también preguntaron. El iejo marino les dijo:

-Se han marchado a conocer la Isla Encantada, aquella del fondo, ¿la veis? Si me ayudáis a arreglar la red, os llevaré a ella.

Así lo hicieron Dadá y los caracoles y rápidamente se pusieron todos en marcha, con rumbo a la Isla Encantada. Durante la travesía el marino les contó historias de peligrosas y fantásticos monstruos marinos que Dadá, por supuesto, no se creía pero que le gustaba escuchar porque el marino sabía contar esas historias. Pero, cuando apenas llevaban recorridas unas millas, el cielo se oscureció, las nubes comenzaron a moverse amenazantes y una fuerte tormenta se desató. El agua llenaba cada vez más el barco que no podía mantener el rumbo y las olas le hacían balancear una y otra vez hasta que volcó, haciéndose pedazos. Intentaban nadar pero no podían los peces huían despavoridos, la mar embravecida les hundía, les tragaba. Se estaban ahogando.

En aquel momento Dadá se despertó sobresaltado, vio que estaba en su jardín, rodeado de sus caracoles. Se frotó los ojos con las manos. Había tenido una pesadilla.

Sacó su cometa azul, subió a todos sus caracoles en ella y volaron juntos sobre la ciudad. Y a Dadá le pareció aquella tarde la más bonita de su vida, porque en el horizonte veía un arco iris brillando.

 Y colorin colorado, este cuento se ha acabado

 

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